Los
no lugares en un texto de Cortázar
Y en
la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la cruz roja, y se
corría a ochenta kilómetros por hora
hacia las luces que crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué
tanto apuro, por qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde
nadie sabía nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia
adelante, exclusivamente hacia adelante.1
El epígrafe nos ubica en el final del cuento “La autopista del sur”, de
Julio Cortázar, cuyas acciones se desarrollan en una autopista de Francia. Marc Augé, en su libro Los ‘no lugares’. Espacios del anonimato. Una antropología de la
sobremodernidad2, considera a las autopistas –también a los supermercados o
a los aeropuertos-, como “no lugares” reales de la sobremodernidad. Estos “no
lugares” tienen la particularidad de reunir a gran cantidad de personas que
transitan o esperan en ellos pero que no interactúan. Cortázar, como leemos
arriba, remarca esas condiciones: el
apuro sin razón, el desconocimiento del otro y también el desinterés. Estos “no
lugares” se definen también a través de palabras o de textos, es decir, una
característica importante es que en ellos hay una enorme cantidad de
indicadores que prescriben la forma de
usarlos (por ejemplo, las señales viales). El enunciador de esos textos
se percibe vagamente, en algunos casos, por el uso de las formas impersonales
del lenguaje –se prohíbe, se informa-; en otras, aunque ese enunciador se
explicita, se encuentra desdibujado por la función que cumple el texto y su
profusión en el “no lugar”. Estos textos transmiten sus mensajes por medio de
distintos soportes (carteles, pantallas, afiches) y aparecen acompañados, en
muchas ocasiones, de ideogramas, codificados también en muchos casos.
Como decíamos antes
la autopista del cuento de Cortázar está ubicada por su autor en Francia, y es
uno de los accesos a París. También Marc Augé toma una de las autopistas de
Francia como referencia. Ensayaremos una comparación. Dice Augé:
Las autopistas en Francia
fueron bien diseñadas y revelan los paisajes, a veces casi aéreos, muy
diferentes de los que puede apreciar el viajero que toma las rutas nacionales o
departamentales. […] Pero son los textos diseminados por los recorridos los que
dicen el paisaje y explicitan sus secretas bellezas. […] Así, se le ruega en la
autopista del sur que preste cierta atención a tal pueblo fortificado del siglo
XVIII o tal viñedo renombrado, a Vézelay,
“colina eterna”, o aun a los paisajes del Avallonnais, o del propio
Cézanne (retorno de la cultura en la naturaleza en sí misma escondida pero
siempre comentada).3
El recorrido por la autopista
es por lo tanto doblemente notable: por necesidad funcional, evita todos los
lugares importantes a los que nos aproxima; pero los comenta.4
Dice
Cortázar:
Por primera vez el frío se
hacía sentir en pleno día, y nadie pensaba en quitarse las chaquetas. La
muchacha del Dauphine y las monjas hicieron el inventario de los abrigos
disponibles en el grupo. […] Se estableció una lista de prioridades, se
distribuyeron abrigos. Otra vez volvía a faltar el agua, y Taunus envió a tres
de sus hombres, entre ellos el ingeniero, para que trataran de establecer
contacto con los lugareños5.
Ya nadie llevaba la cuenta de
lo que se había avanzado ese día o esos días; la muchacha del Dauphine creía
que entre ochenta o doscientos metros; el ingeniero era menos optimista pero se
divertía en prolongar y complicar los cálculos con su vecina, interesado a
ratos en quitarle la compañía del DKW que le hacía la corte a su manera
profesional. […] al anochecer una de las monjas le pidió al ingeniero un sorbo
de agua para la anciana del ID que sufría sin quejarse, siempre tomada de la
mano de su marido y atendida alternativamente por las monjas y la muchacha del
Dauphine.6
¿Qué pasó de una autopista a la otra? La
propuesta por Augé es la real, la actual, la considerada una de los “no
lugares” que expresan a la sobremodernidad. Ella es lo único real, los otros
lugares son solo literatura turística (¿o literatura fantástica?), espacio
abstracto.
“La autopista del sur” es un cuento. Publicado
por su autor en la década del 60. Quisimos traerlo aquí, porque al releerlo,
luego de casi cuarenta años de su aparición, se nos aparece como premonitorio
de la aceleración que sufre el mundo contemporáneo. ¿Habrá sido consciente el
autor de ello? No lo sabemos. Pero el cuento ilustra de manera notable, para
nosotros, cómo un “no lugar” puede
convertirse en un “lugar” por un hecho fortuito: un atascamiento de tránsito
(Tal vez, los “sistemas expertos”, analizados por Giddens, en su libro Consecuencias de la modernidad7, hayan
dejado al descubierto su margen de riesgo, al que nos exponemos de
continuo.) Todos aquellos viajeros –que
al comienzo del cuento estaban sumergidos en su propia individualidad,
solitarios, indiferentes, representantes cabales de la sobremodernidad-,
empujados por el azar (¿o por una falla de los “sistemas expertos”?), se ven
obligados a socializar, a interactuar. Pero si, como dice Marc Augé, el juego social parece desarrollarse fuera
de los puestos de avanzada de la contemporaneidad8, esa interacción que se
produce entre los viajeros –ahora identificados a través de algunos rasgos,
como el auto en el que viajan, los sentimientos que unen a sus ocupantes, o la
profesión a la que dedican sus vidas- ¿es una vuelta a la modernidad? Más aún,
si realizamos un análisis, en el nivel enuncivo, de la duración del tiempo
narrado (relación entre el tiempo cronológico y el espacio textual que se ocupa
para desarrollarlo) nos encontraremos que el cuento se convierte en una
metáfora de la
sobremodernidad, con la aceleración del tiempo,
pero también un regreso a otros tiempos, con la desaceleración que se
produce en la autopista. Al comienzo del cuento, en que hay una desaceleración
del tiempo, el ritmo del relato se lentifica y ocupa una gran extensión de
espacio textual (varias páginas). Sobre el final del cuento (ver epígrafe),
cuando se sale del atascamiento y en la autopista se circula normalmente, hay
una aceleración del tiempo –la autopista
vuelve a ser un “no lugar”-. Esa aceleración se percibe también a través
del poco espacio textual que el autor le dedica (media página). Desaparecen las
descripciones y los diálogos se desvanecen. No son necesarias más palabras
porque la interacción ya se ha cortado y vuelve la indiferencia, la soledad, y
el sin sentido de la marcha. El no lugar
se ha recuperado.
1-Julio Cortázar, “La autopista del sur”, en Todos los fuegos el fuego/Octaedro, Alfaguara, Buenos Aires, 2004,
p.34.
2Marc Augé, “Lo cercano y el afuera” y “De los
lugares a los no lugares” en Los ‘no
lugares’. Espacios de anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Barcelona.
Gedisa (Pags. 15-47 y 81-118)
3Marc Augé, op.cit., p.100.
4Ibídem, p. 101.
5Julio Cortázar, op. cit., p. 26-27.
6Ibídem,
p. 27.
7Anthony Giddens, Consecuencias de la modernidad, Madrid, Alianza, 1994,
págs. 15-79.
8Marc Augé,
op. cit., p. 114.